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El médico becado que es ejemplo de superación y perseverancia

El médico Anderson Vernaza Sánchez es un ejemplo de que con esfuerzo se pueden alcanzar los sueños. Se graduó en la isla caribeña con altas calificaciones.
El médico Anderson Vernaza Sánchez es un ejemplo de que con esfuerzo se pueden alcanzar los sueños. Se graduó en la isla caribeña con altas calificaciones.
Foto: Lylibeth Coloma / El Telégrafo
08 de agosto de 2017 - 00:00 - Marcia Andrade

Anderson Vernaza Sánchez recuerda que tenía 10 años cuando sufrió una enfermedad renal que lo tuvo internado durante un mes en el hospital León Becerra y alejado de su casa, ubicada en la cooperativa Fuerza de los Pobres de la Isla Trinitaria, en el sur de Guayaquil.

Ese lapso le permitió adentrarse en el día a día del sanatorio. “Veía cómo llegaban y salían los muchachos, mientras yo permanecía en mi  cama. Dos semanas después ya no era el niño tímido que seguía acostado, asustado por los pinchazos de las inyecciones. Me hice amigo de  los doctores y de las enfermeras, desde entonces quise ser médico”.

Esa idea se transformó en una meta cuando, por segunda vez y con 14 años, Anderson estuvo internado dos semanas, por otra dolencia, en el Hospital del Niño Dr. Francisco de Icaza Bustamante. Hizo el bachillerato en Químico-Biológicas, en el colegio Vicente Rocafuerte.

El sueño se concretó en junio pasado, cuando el joven, hoy de 27, finalizó con altas calificaciones sus estudios de Medicina General en la Universidad Mariana Grajales, en Holguín-Cuba, donde llegó con una beca otorgada por el Gobierno de ese país y otra de complemento entregada por Instituto Ecuatoriano de Crédito Educativo y Becas (IECE).

Tras 6 años de estudios, el pasado 28 de julio, Anderson volvió a reencontrarse con sus raíces. No solo llevó a su esposa, hijos, padres, 4 hermanos, allegados y amigos, la alegría por ese título de Médico General. También los llenó de orgullo al obtener el título de oro, un distintivo que consta en el documento y que logró con una nota de 4,83 puntos sobre 5.

Maricruz Sánchez y Grisberto Vernaza, sus padres, han sido fundamentales en ese resultado. “Estamos muy felices. Siempre hemos estado buscando la forma de que nuestros hijos estudien. Ese reconocimiento él se ha ganado”, expresa la madre.

Desde que llegó, Anderson se volvió un referente para sus vecinos y para muchos es ejemplo de perseverancia y superación en la Trinitaria, un barrio marcado por la pobreza, la inseguridad vinculada con la delincuencia y cuyos habitantes muchas veces son víctimas de la marginación racial.

Marisol Corozo, vecina que lo conoce desde que nació, se siente orgullosa. “Todos lo felicitamos. Siempre fue un niño muy estudioso. Lo que ha conseguido ha sido a base de sacrificio y esfuerzo. Es un verdadero ejemplo”. Su amigo de toda la vida, Michael Rosales, un joven egresado de Arquitectura, cuenta que en el sector le dicen Doctor.  “Nos  enorgullece su perseverancia. Hay pequeños que quieren ser como él”.

Son elogios que el joven médico  toma con sencillez, pero que le agrada que se difundan para que se sepa que en la Trinitaria también hay historias positivas. “Hay situaciones que nos avergüenzan y no compartimos, pero la mayoría de personas aquí trabajan duro y se esfuerzan. Muchos no tienen la oportunidad de superarse. Otros abrimos camino y mejoramos”.

Agradece el apoyo de sus padres. “Ellos no tuvieron un título profesional, pero a mis 4 hermanos y a mí nos inculcaron el estudio”.

Las barreras que superó

Anderson debió superar algunas barreras para iniciar sus estudios universitarios tras graduarse en el colegio. El primero fue la falta de cupo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Guayaquil, lo que le impidió estudiar un año y debió esperar matricularse al siguiente.

Así fue hasta tercer año cuando aplicó a una beca orientada a personas con dificultades económicas, para estudiar en Cuba. En una semana la tuvo aprobada y tomó la oportunidad alentado por su familia. El beneficio académico cubría todos sus gastos, excepto los pasajes. Ese escollo lo superó con el apoyo de su hermana mayor, quien le facilitó el dinero para comprarlos.

El 16 de mayo Anderson volaba hacia la isla caribeña lleno de sueños, temores y expectativas. Llegó a la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), en La Habana, donde había otros 99 ecuatorianos y toda una diversidad de idiomas, razas y culturas. Allí cursó de primero a segundo año de Medicina. De tercero a sexto lo hizo en la Universidad Mariana Grajales, donde se graduó con 30 compatriotas.

“Al inicio fue difícil adaptarme. El distanciamiento de mi familia me deprimió y a eso se sumó el diagnóstico de un tumor en la rodilla izquierda que gracias a Dios resultó benigno”. Fue operado en Cuba. En el proceso de recuperación Anderson se deprimió y pensó volver a su país. Pero se aferró a su sueño, a la solidaridad de los médicos que lo atendieron y de sus compañeros de estudios. Se conformó con visitar  en agosto de cada año a los suyos.

Anderson quiere que su triunfo profesional sea tomado como un referente de que con perseverancia y esfuerzo es posible cumplir los sueños. “He luchado por llegar hasta este punto y me siento orgulloso, pero no quiero quedarme ahí. Quiero trabajar y compartir los conocimientos”. Piensa especializarse en Endocrinología o Neurología.

Por ahora tramita la legalización de su título. No alcanzó a inscribirse en el examen de habilitación profesional del 30 de julio y debe esperar  el de 2018 para iniciar su año rural y poder trabajar. (I).

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