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El Telégrafo

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SITIO DE TRÁNSITO DE ARRIEROS Y CONTRABANDISTAS

Patul: Un paraje de incomparable belleza aislado de El Cajas

Foto: Jacinto Landívar Heredia / para El Telégrafo
Foto: Jacinto Landívar Heredia / para El Telégrafo
15 de noviembre de 2015 - 00:00 - Jacinto Landívar. Cátedra Abierta de Historia Universidad de Cuenca

Patul es un centenario y pintoresco caserío que se halla en la provincia del Azuay y que pertenece a la parroquia Molleturo. Se encuentra enclavado en el macizo del Cajas, dentro del área de amortiguamiento del Parque Nacional Cajas, hacia la parte más noroccidental del Azuay.

El caserío se extiende alrededor de las orillas de la laguna de Cochuma (cocha: laguna y uma: cabeza) es decir, ‘cabeza de laguna’ o ‘cabecera del río Patul’, el que desemboca luego de 40 kilómetros de recorrido en el río Cañar y este en el Océano Pacífico. El pequeño caserío de Patul, se encuentra a orillas de la laguna de Cochuma, en un abra de un valle glacial donde los imponentes Andes empiezan a descender de altura, conformando las estribaciones occidentales.

Cuatro riachuelos de aguas cristalinas y frías alimentan a la laguna, todos ellos se precipitan a la hondonada en hermosas cascadas: por el occidente la cascada de Zazarín, de unos 30 metros, y que nace en una gran laguna del mismo nombre; por el sur, la cascada de Curiquinga, la más alta que llega a los 40 metros; la más caudalosa y sobrecogedora, la de Chulo, de unos 25 metros de caída vertical, que en la época de lluvias produce un ruido ensordecedor; y la última, la de Yacu Piana.

La laguna está bordeada por todos los costados por tupidos bosques de queñua o quewiña (Polylepis) o árbol de papel, con algunos claros donde se hallan las chozas de los pobladores y la escuela. El lecho de la laguna tiene algas en las orillas y gran cantidad de truchas silvestres. La neblina que asciende del litoral marino se ‘queda’ en la hondonada de Patul, lo que le da mucha humedad y fertilidad al terreno, produciendo un microhábitat especial con un aspecto a veces sombrío.  

El caserío se halla a 3.460 metros sobre el nivel del mar. El clima, aunque hay días benignos, es frío, algo propio de altura, con una temperatura media de 8 °C a 13 °C (grados Celsius), la neblina y el páramo son fieles compañeros de los moradores. Los pajonales son abundantes y extensos, de uso comunal, permiten tener —con limitación— algún ganado ovejuno, vacuno y caballar. Los caballos y mulas que viven libres en los extensos pajonales son indispensables para el transporte y el trabajo, cada familia posee entre 10 a 12 muladares, son el excelente remplazo del automotor. Se recogen buenas cosechas. Los cuyes son patrimonio indispensable de la choza y no faltan las gallinas con sus huevos; los gatos y perros, inseparables compañeros del hogar.

Al momento viven allí 7 familias nucleares con 47 habitantes permanentes; hay una escuela unidocente mixta con 10 alumnos y una profesora, carece de vía carrozable y se accede a la población únicamente por un antiguo y transitado camino de herradura, a 3 horas a pie o en caballo desde el sector de Illincocha, en la vía Cuenca-Molleturo, a la altura del kilómetro 36.

El sendero que lleva al poblado es un camino secundario firme y seguro, por el que transitan acémilas o a caminantes, lo usan mensualmente entre 500 y 600 personas como vía de acceso a sus propiedades en los alrededores conformados por pequeños y pintorescos caseríos de altura: Guagualcay, La Granja, Hornillos, León Huayco, Chacanceo, Baute, Chocarsol, y Cargua del Azuay —este último el más joven de todos con 15 años de vida, donde habitan 6 familias y hay una escuela con 12 alumnos—. Sumada la población de todos los caseríos, más la de Patul, alcanzan a los 206 habitantes permanentes, con 3 escuelas en total. Ninguno de los caseríos posee servicio de teléfono fijo o móvil; la señal de televisión nacional entra con mucha dificultad (únicamente dos canales), no hay, por supuesto, servicio de Internet aunque todos tienen servicio eléctrico desde hace 3 años.  

De arrieros y contrabandistas, encrucijada de caminos

La importancia de Patul en el pasado se debe a 2 situaciones: por un lado, los antiguos pobladores, junto con los de Molleturo, eran arrieros. Además de tener una casa y terreno en el lugar, se dedicaban antaño a trasladar los bienes de la ciudad de Cuenca desde el Puerto de Bola o desde Guayaquil, y viceversa; para ello usaban bestias de carga o ellos mismos transportaban (en Huando), con inmenso esfuerzo ciertos enseres tales como muebles, espejos, pianos, maquinarias y hasta automotores, para las élites de la ciudad.

Por otro lado, a principios del siglo pasado, el negocio de contrabando del alcohol les proporcionaba algún rédito. El aguardiente se producía en los Sanagüines, donde había algunas moliendas de caña de azúcar con destilería de aguardiente. En algún momento, casi todos los del caserío si no eran contrabandistas, proporcionaban muladares para que cada animal transporte 2 “perras de trago” (especie de fundas de caucho y lona, de confección casera y que cargaban hasta 40 litros cada una, de marca Cedillo, por ser trabajada en Baños por don Eloy Cedillo).

Relata don Serafín Solís, de 74 años: “Patul era el paradero seguro y obligado de los que traíamos el contrabando”; por ese entonces el caserío se convirtió en el lugar de cambio de mulas y de descanso de la durísima tarea del arriero, desde allí se accedía, de manera subrepticia, a la ciudad para hacer la “entrega del traguito”. Algunos negociantes de Cuenca llegaban a Patul, particularmente los de Checa, por caminos aislados para eludir la vigilancia de los “Guardas de Estanco”. Existen en la memoria de los pobladores muchos relatos, a veces épicos, de esta lucha sin cuartel entre guardas y contrabandistas, dan cuenta de ello topónimos como Gobierno Muerto, Difunto Genio, o la Cueva de las Botijas.

Recién en el año 2012, gracias a un esfuerzo casi exclusivo de los nativos, llegó la luz eléctrica, deseo anhelado por años, lo que ha producido un atisbo de progreso para la comunidad. Se cuenta con alumbrado público y algunos artículos como licuadoras, duchas eléctricas, etc. Como señalamos, carecen de señal telefónica, de televisión, o Internet. En cuanto a los docentes, comenta don Tomas Angüisaca, nativo de Patul: “ningún profesor se enseña por estas tierras” y casi nadie supera los 3 años de permanencia, por la soledad y el aislamiento. Los profesores que llegan son todos jóvenes recién graduados de colegios normalistas sobre todo el de Molleturo. (O)

Primer poblador de Patul fue un fugitivo cuencano

El escritor cuencano Juan Iñiguez Vintimilla, en su novela Justicia, escrita en el año 1942, relata que el primer poblador (a inicios del siglo XIX) fue un ciudadano cuencano, fugitivo de la justicia, que asesinó a su mujer. Este se habría llevado a su querida, quien le ayudó en la perpetración del crimen, se remontó a esconder sus amoríos entre las breñas y consiguió así evadir la condena. Este ciudadano procreó numerosa familia, que habitó el caserío de Patul hace más de 2 siglos.

En el pintoresco y viejo cementerio del lugar existen alrededor de 60 entierros, algunos de ellos identificados, existen 2 de ellos, que los describimos textualmente: “Falleció José Contreras a la edad de 80 años en el año de 1936, agosto”. Los moradores del lugar cuentan que él era nativo del caserío, así nos remontamos al siglo XIX, exactamente al año de 1856. La otra tumba refiere: “falleció Tomás Gutiérrez a la edad de 56 años el año de 1932”, igual que el anterior ciudadano nos remontamos al año de 1876, cuando Tomás Gutiérrez nace.

Doña Guadalupe Gordillo, de 79 años, nos da su testimonio: “mis padres fueron pobladores nativos del caserío, vivían de la agricultura”, añade que conoció a don José Contreras y que recuerda que Patul tenía alrededor de 60 chozas de paja y adobe, con una pequeña escuela —hoy modernizada— y una pintoresca y grande capilla con su respectivo convento; en un baúl existen libros religiosos en latín. (O)

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