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El cuerpo humano: una obsesión en las culturas aborígenes del Ecuador
Durante el Formativo Temprano se desarrolla en la Costa del Ecuador la fase cultural de Valdivia. Aquí aparecen las primeras representaciones humanas en cerámica de toda América, pequeñas figuras, casi exclusivamente femeninas se encuentran por centenares, y aunque pocas han sido halladas en contextos arqueológicos claros, parece definitiva su relación con la mujer.
De entre 6 cm y 15 cm de alto, las figuritas mantienen una posición casi siempre de pie, aunque hay algunas sentadas. Se encuentran en ocasiones imágenes bifaciales y bicéfalas, figuritas con el vientre abultado con signos de un embarazo avanzado, lo que muestra que dentro de este mismo patrón también había espacio para variaciones. La mujer se representaba a sí misma en Valdivia. Aunque no podemos tener la certeza de que ellas eran las ceramistas, toda la atención al detalle parece derivarse de un cercano conocimiento del propio cuerpo. Cuando se desarrolla, a lo largo de esos 2 milenios en que prima esta cultura, el cultivo del maíz y otras plantas, el papel cumplido por la mujer en la supervivencia del grupo es enorme. Es probable que, como habitualmente sucede en los ritos, sean los elementos más sensibles de una cultura los que deban protegerse y simbolizarse y en Valdivia este énfasis recae sobre las figuras femeninas.
Desde esta fase, tan antigua y larga (3500 a 1800 a.C), veremos sucederse en las culturas de la Costa y la Sierra, y también en las de la Amazonía, una verdadera obsesión por la figura humana.
El mundo alucinado de Machalilla
Se trata de seres vivos en una gran diversidad. Durante la breve fase de Machalilla (1800 a 1500 a.C.) se introducirá una nueva forma de elaborar estas imágenes en cerámica, a través de las figuras antropomorfas huecas que asumen un carácter mítico y que sustituirán a la larga tendencia de fabricarlas mediante cilindros sólidos de arcilla, propia de Valdivia.
Los bejucos se enredan en las piernas de estas mujeres de pie, cuyos rasgos sexuales se muestran delicadamente. En los rostros, de ojos alucinados y que anticipan esa común representación que los arqueólogos han llamado de “ojos de café”, se incorpora pintura facial y agujeros a lo largo de los labios como si hubiese habido un cordel que los cerrara. También los pabellones de las orejas están agujerados. Las modificaciones corporales, en particular faciales, serán uno de los rasgos permanentemente incorporados a la representación humana.
La fase Chorrera (1500 a 500 a.C.) construye, a partir de los antecedentes que hemos señalado, un modelo que estará en uso por milenios: el de la figura de posición hierática, con las manos a lo largo del cuerpo, ojos que son una línea delgada, tocado bien definido, aunque en esta fase casi siempre en el estilo “cabeza de mate”, un taparrabos alrededor de la cintura, tórax desnudo, posición frontal, tridimensionalidad del cuerpo, susceptible de mantenerse erguida sobre los pies. Y, un elemento que a veces no se aprecia, con ausencia de rasgos zoomorfos, sino exclusivamente humanos. En resumen una interpretación de la “persona” de carácter esencialmente humano y que mantiene un canon fijo. Esto se da a pesar de que en Chorrera se produce una excepcional capacidad de observación del natural, que se manifiesta en los numerosos y detallados ceramios que muestran animales y plantas, casi nunca, sin embargo, apartados de una delicada interpretación “naturalista”.
En las imágenes de monos, con un dije al cuello; de venados, con la húmeda nariz que parece temblar; de las guanábanas, con pinchos resaltados; de los delfines, que sacan su cabeza del agua gracias a sus fuertes coletazos y su equilibrio; de los murciélagos con sus alas membranosas extendidas, y muchas otras, estos ceramistas (hombres o mujeres) recogen los detalles definitorios de una observación atenta del mundo. No hay en Chorrera, tampoco, signos inequívocos de que los sujetos representados ejercen poder político o religioso. Prácticamente no se encuentra diferenciación social. Estética del cuerpo en las sociedades complejas: al mismo modelo básico de representación se sumarán, en otras fases, elementos que nos hablan de sociedades más complejas. Esto se da, por ejemplo, cuando hay muy diversas maneras de representar a hombres y mujeres, cuando aparecen los niños y los ancianos, cuando se muestran grupos o actividades claramente distinguibles. En las fases culturales de la Costa centro-norte, como la Tolita (Tumaco), Guangala, Jama Coaque o Bahía, se introducirán estos elementos. Solamente queremos referirnos aquí a algunos motivos de interés, como la incorporación de elementos múltiples en los tocados masculinos y femeninos, entre ellos representaciones de plumas, pieles de animales, conchas, apliques de madera o metal, colmillos, y otros muchos. Estos elementos más allá de hablarnos de la división social, a través de la especialización de funciones, también muestran la importancia de la estética del cuerpo, que fuera observada por los cronistas tempranos. Esta estética del cuerpo es evidente también en la pintura facial y corporal, en la utilización de las joyas, entre ellas bezotes, narigueras, clavos faciales y nasales, de los pendientes y aretes, de las huallcarinas (brazaletes y tobilleras) y muchos otros detalles.
No es posible, ni tampoco apropiado, disociar los sentidos simbólicos, de poder, rituales, de los valores estéticos. Podemos afirmar que es la apariencia la que establece los límites del cuerpo, que estos se dotan de elementos que, siendo protectores o contando con un carácter comunicativo específico, residen en principios estéticos que hoy solamente podemos sospechar. La abundancia de sellos o pintaderas, por ejemplo en Jama Coaque, y la simultánea presencia de efigies con un complejo lenguaje sobre la piel, nos muestran que la protección de los sujetos no es ajena a valores estéticos. (I)
Valdivia, figuras esencialmente femeninas
Encerrar a las niñas menstruantes en cobertizos de caña, arrancar sus cabellos, pintarles la cabeza de color sangre, aislarlas por la contaminación que puede destruir el mundo, son algunos de los motivos que Constanza di Capua identificó en su hipótesis sobre las figuras femeninas Valdivia para entender su sentido. Estas pequeñas imágenes de barro cocido, las más antiguas representaciones humanas en cerámica de América, se han encontrado por centenares, casi siempre fragmentadas, rotas a la altura de la cintura, y a pesar de que muchas se han hallado fuera de contexto, las excavaciones en Real Alto permitieron asociarlas con espacios femeninos, en tumbas y en sitios de actividad. Su variabilidad se da dentro de un mismo patrón básico en el que destaca la atención que se presta a la cabellera, casi siempre peinada en forma compleja, la presencia de rasgos faciales esquematizados, pero que incluyen cejas, ojos y boca, la representación somera de los pies, aunque las manos varían entre extremidades en forma de muñones y un delicado tratamiento de brazos y dedos; los senos son casi siempre visibles y con cierta frecuencia el pubis muestra su vellosidad. Cuando hay representaciones masculinas, que aparecerán en culturas del Desarrollo Regional y del Período de Integración, no son comunes los rasgos sexuales explícitos aunque en unos pocos casos estos sean evidentes, aun en forma muy exagerada. (O)