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Las tribus amazónicas enseñan a los niños a tomar de la selva y ríos solo lo necesario, y evitar el desperdicio
La ‘wairacha’, el castigo de la naturaleza
“Padre, ¿por qué no puedo llevar más de 3 peces a casa? Si bien hoy comeremos 2 con mi madre y hermanos, lo restante podemos guardarlo para mañana o darlo a uno de nuestros vecinos. La solidaridad es una de las virtudes de nuestro pueblo”.
Nucta, el autor de esta frase, es un adolescente de una de las tantas etnias amazónicas de Ecuador. Él es el primogénito de su casa y su papá le está enseñando a pescar, cazar, recoger frutos de la selva y a cultivar la tierra.
Un día mientras caminaban juntos por la cuenca del río Bobonaza, uno de los más grandes afluentes de la región, su progenitor lo detuvo de manera tajante y precisa con su brazo derecho, casi con un golpe.
“Escóndete y guarda silencio”, le dijo al oído en kichwa. Intrigado, vio cómo el jefe de su hogar se acercó a un grande y cristalino ‘ojo de agua’ que había brotado desde hacía pocas horas antes debido a las intensas lluvias.
El adulto, de nombre Kirio, hizo una lenta y respetuosa reverencia con sus manos, cabeza y cuerpo frente a la fuente de agua que, totalmente transparente, contrastaba con los miles y miles de litros de líquido lodoso que bajaban por el río.
“Permítenos tomar solo lo necesario para cada día y perdona nuestra insolencia al arrancar de tus entrañas vidas valiosas”, dijo Kirio.
Asombrado el chico, vio cómo su padre regresó en total silencio hacia donde él aguardaba, y le tomó de la mano. El silencio estuvo presente por el resto del recorrido, provechoso por cierto, pues aquel día cazaron una pequeña danta, mamífero de carne muy apreciada que vive en los esteros y muy similar a un cerdo, recogieron fresas y otros frutos silvestres y pescaron en un ‘churo’, brazo de río que se empoza en espacios redondos de las cuencas fluviales y acoge a peces.
Fue justamente allí, cuando el joven planteó a su progenitor la pregunta que da inicio a este relato. A la que su papá, tras un par de minutos en silencio, sentados en un tronco y mirándolo fijamente le dijo: “Porque la naturaleza es nuestra madre y de ella debemos tomar solo lo necesario. No debe haber desperdicio, cada quien debe proveer para su casa y ganarse el bocado que come. Quien a su madre roba padecerá los tormentos de la Wairacha”.
Tras esta corta pero significativa explicación, Kirio enseñó a su hijo una de las lecciones más grandes de la vida: ultrajar y sobreexplotar la naturaleza es un delito castigado, según la creencia amazónica, con todo el dolor espiritual y sentimiento de culpa que provoca estar encerrado en la Wairacha, lo que para la cultura occidental vendría a ser el ‘cargo de conciencia extremo’.
Etnias de la Serranía
Lo antes escrito es una historia real, evidenciada de cerca en uno de los tantos viajes de quien escribe estas líneas. A 3 horas de allí, en pueblitos de la Serranía donde habitan etnias andinas, el respeto hacia la naturaleza, más conocida como la Pachamama, es similar, aunque con pequeñas diferencias de forma.
Es el caso de Chibuleo, comunidad indígena de Tungurahua, ubicada a 20 minutos de Ambato. Sus habitantes guardan un profundo sentimiento de amor, respeto y aprecio por las montañas, árboles, aves y fuentes de agua.
“Como su nombre lo indica, la Pachamama es quien nos dio la vida. Aunque hay indígenas que han adoptado la religión cristiana, en el fondo ellos guardan la herencia espiritual de nuestra tierra, en la que el sol, la luna, volcanes, ríos, bosques y demás elementos de la naturaleza son parte de nuestra alma y satisfacen nuestras necesidades. Quien la ofende o ultraja vivirá milenios en oscuridad moral”, afirma Osvaldo Pumisacho, anciano del lugar.
Combinando palabras en español y kichwa, Osvaldo cuenta con lágrimas en sus ojos los efectos de la deforestación.
“Yo era adolescente cuando se devastó algunas lomas de Chibuleo, lo que más tarde provocó un alud sin precedentes. Esto debido al debilitamiento de las laderas y el taponamiento de quebradas”, dijo.
Valor espiritual
Generalmente se piensa que todos los indígenas adoran a los astros, ciertos animales y otros elementos naturales como dioses.
Esto no es del todo cierto, según lo explica Bolívar Guapisaca, anciano de Salasaca en la provincia de Tungurahua.
Él reconoce que hay etnias que consideran al sol, la luna y al volcán Tungurahua como deidades, pero también hay quienes solo muestran un profundo respeto.
“Es difícil determinar en la actualidad qué pueblo tiene como dios a estos elementos debido a la diversidad y libertad de pensamiento de cada individuo. Por ejemplo en mi familia todos somos católicos pero durante el Inti Raymi mostramos nuestro respeto al sol, la tierra y las plantas con reverencias, pues gracias a ellos podemos vivir, comer y abrigarnos”, comentó.
Un ejemplo de ellos es la ofrenda de especies vegetales que esta y otras familias hacen en cada junio, fecha en la que se celebra esta festividad, en la plaza principal de Salasaca.
Entre ellas está la quinua, cereal andino base de la alimentación de varias comunidades indígenas.
Otras formas que esta y otras etnias del Ecuador tienen para demostrar su respeto y reverencia por la naturaleza son los baños rituales.
Sea en un río, vertiente o cascada, los indígenas suelen ofrecer ofrendas de flores y frutales en la superficie del agua. Las lagunas, según la cosmovisión andina, son fuentes de energía en las que se puede descargar malas vibraciones.
Deidad volcánica
Una erupción volcánica es otra de las manifestaciones naturales a la que los indígenas muestran profunda admiración.
“El volcán Tungurahua es la figura materna más grande que tenían los panzaleos. Este era para ellos lo que la Virgen es para un creyente, en sus entrañas se purifica el agua que bebemos y nutre con minerales el suelo que cultivamos”, dijo Serafín Gualinga, habitante de Zumbahua, en Pujilí.
En esa comunidad, grandes y chicos han aprendido a recoger de la naturaleza solo la ración necesaria para su día. Igual proceden con el ganado, al que tratan con profundo respeto y consideración. (F)