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El Telégrafo

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Sebastián Endara

Educar para desobedecer

01 de julio de 2020

La educación tradicional nos dice que un niño es educado cuando es obediente. Esta obediencia es instrumento y fin de la educación que incorpora a un individuo en el mundo de la civilidad, es decir, el apego y seguimiento de ciertas normas que impedirían la barbarie. En la barbarie supuestamente se encuentran el mal, el caos, la injusticia y el desorden. El problema del mal es un tema de preocupación histórico de la ética que nos invita a reflexionar sobre las razones de la existencia de la injusticia y las posibilidades de crear una sociedad justa. Sintetizando, somos malos porque tenemos voluntad y al tener voluntad, nuestras acciones están orientadas a la satisfacción de los deseos para poder vivir; y debemos reconocer que es difícil conciliar la satisfacción de los deseos de todos, por eso requerimos “normas políticas” de acción comunitaria, que minimicen o supriman el mal.

Pensadores como Schopenhauer afirman que somos capaces de cometer injusticias y ser portadores del mal porque para cada uno, uno mismo es el centro del mundo, y además porque no tenemos una clara idea de la felicidad. Entonces valdría preguntarnos si es que dejando a un lado nuestros intereses personales y teniendo una única idea de felicidad podemos dejar a un lado el mal. Es aquí que surge una idea de educación que pretende formalizar y homogeneizar al ser humano como estrategia de construcción de una sociedad “buena”. Formalizar a través de la obediencia y el principio de autoridad, y homogeneizar a través de la generalización de los ideales y principios aceptados por el poder. Pero esta es una concepción que debe ser discutida porque al enfatizar en la necesidad de la jerarquía y el respeto a la autoridad, se disminuye el valor de la libertad que para existir requiere ante todo de la existencia de individuos plenamente conscientes, satisfechos, libres y felices; y por ello responsables de sus actos. Ciertamente no se trata de educar para el caos. Se trata de educar en la responsabilidad de la construcción de una sociedad justa, y en ocasiones esa responsabilidad puede significar la desobediencia, sobre todo cuando la orden, la norma o el principio de organización social va en detrimento de la libertad y atenta contra la vida. (O)

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