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Es posible que, con estas líneas, pueda estar lacerando sentimientos de alguna persona (persona al igual que el suscrito). No obstante, he estimado que quienes pertenecemos a la Iglesia Católica -Apostólica y Romana- desempeñamos ante ella y para con ella un rol que va más allá de asistir cada domingo para participar del Sacramento de la Eucaristía: hay lugares o espacios y momentos en los cuales debemos expresar nuestra voz, rompiendo así el monólogo Sacerdote (pastor) - feligresía (creyentes). Hoy, y gracias a la gentileza del respetable Diario El Telégrafo que me ha albergado desde marzo de 2018, me permito hacerlo; contextualizando al ámbito ecuatoriano.
Recuerdo a un Sacerdote que ya se nos adelantó en este peregrinar terrenal (cuando alguna persona fallecía, una profesora de secundaría decía: “Ya está en mejor vida”); él dictó varias conferencias en el país y fuera de él. En una de ellas, aseveró, entre otras cosas, textualmente (lo memoricé porque lo apunté): “Lo que nos define como cristianos católicos, pero sobre todo como hijos e hijas de Dios es nuestro comportamiento, el cual debe siempre ser fiel a lo que Cristo practicó en esta tierra: el amor”. También dijo: “(…) mientras más lejos se llega, más sencillo y ligero de camino se debe de ser (…) Hay hermanos sacerdotes que han abrazado la humildad y pobreza como San Francisco de Asís, y los admiro. Pero también hay quienes cada vez que ‘ascienden’ se alejan más de ese ‘aroma a oveja’, y dejan que el ego los maree y se les suba a la cabeza, o aquellos quienes cuando llegan al sacerdocio únicamente viven y respiran para ser obispos y hasta Papas. Me da vergüenza ajena y pido perdón en nombre de ellos”.
En esa misma línea, justamente ayer el eje del Evangelio que se proclamó en la Santa Misa es sobre el perdón, y guardando relación con la ‘regla de oro’: tu trato hacia los demás que sea igual al que tú esperas que te brinden. Saliendo de la Iglesia, me preguntaba: ¿Practican lo que predican? Si lo hacen, bendito Dios, y hay que seguir rezando por ellos. Si no lo hacen (ni con su grey, ni mucho menos con quienes conviven [cuando son parte de una comunidad religiosa]), cómo pueden presentarse ante los demás; a mí me daría vergüenza hacerlo, y no tendría ni la voluntad ni la valentía de lucir como una ‘voz autorizada’ frente a un micrófono y delante de un ambón, en especial porque ‘el oficio’ del Sacerdote está en dar a conocer a ese Cristo (a quien supuestamente sirven) a los demás, y mostrarlo sensible, cercano, empático… misericordioso y amoroso; lejos de presentar a un Cristo castigador, arrogante. O igualmente doloroso y lamentable, resulta si se es un sacerdote ‘pecho inflado’ exclusivamente por portar una sotana blanca o negra, o, asumir que se es un “super” sacerdote (si es que se ha llegado a ser Obispo o algún grado jerárquico religioso superior), el cual mira ‘por encima del hombro’ a sus hermanos sacerdotes, y que, en privado, mantiene una conducta grosera y agresiva (gritos, insultos o hasta frustraciones) para con sus cercanas(os) con quienes comparte parroquia y hasta residencia… tratamiento humano que brinda a las personas, que paradójicamente, son humanos como él.
Durante mi vida he conocido casos de ciertos Sacerdotes que dentro de una comunidad religiosa asumen ser carcelarios y mantienen “en prisión” a otros sacerdotes, so pretexto de supuestamente “no obedecer”, de “estar ancianos y no pueden presidir Misa”, y castigarlos al destinarlos solamente para administrar el Sacramento de la Penitencia (confesar), ya que para eso “sólo” sirven. También he conocido a determinados Sacerdotes que piensan que la/el penitente se acerca a ser linchado/torturado en la confesión, y que en ese espacio de intimidad la persona que busca a Dios y un consejo obligatoriamente debe recibir malos tratos, condenas, satanizaciones, estigmatizaciones al grado de destrozar su dignidad y pisotear su calidad humana, moral y espiritual.
Los Hombres administran la Iglesia Católica. Sí. Un Sacerdote que aprecio mucho (y que por mis actividades en otro país no lo volví a ver, pero rezo por él, como por quienes asumen que el sacerdocio equivale a asumir una posición de poder superior) me decía: “Debajo de la sotana está un hombre como tú”. Pero bajo la administración han demostrado que la Iglesia nos ha quedado debiendo. En las causas sociales, la lucha ha sido encabezada por quienes, en su libertad y legitimidad, defienden las mismas, equivocados o no; pero en dichas causas que mayormente se libran en las calles, ni sacerdotes ni peor aún obispos han estado presentes, caminando, transpirando y clamando: “esta boca es mía (también)”.
Los feligreses tienen parte en este panorama. Sin duda. Seguimos rezando poco (o nada). O también endiosamos y aplaudimos y acolitamos cuando conocemos (por comentarios, obviamente verificados) que la conducta de aquel Sacerdote que idolatramos es, inclusive, más inquieta que la propia. Resulta curioso que ante diversos temas que las y los creyentes salen a las calles a mostrar su desacuerdo, de nuevo, equivocados o no, prácticamente hay ausencia de Sacerdotes. Sin embargo, cuando un puntual Sacerdote, desde el púlpito, solicita a los creyentes colaboración, y anima e insiste, en ese momento sí debe haber concurrencia. ¡Un “poco” injusto!