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El canto que se volvió un gran mito en Pisayambo
Recuerdo haberte visto muchas veces cuando bajabas con tus equipajes desde los altares de los truenos.
Llegabas con las nubes de Pisayambo envolviendo con fajas esos fardos inmensos repletos de tesoros inverosímiles.
Las fajas que había visto eran las que Mama Choasanguil sabía tejer y envolver a los cóndores y a los caciques, para que no crecieran con las alas lisiadas ni con sus cuellos hualingos. Con tantos vientos adversarios que tiene la vida, como los que tuvo que enfrentar su hijo Rumiñahui, las mujeres siempre ayudan a la fijeza.
Llegabas desde mucho antes de conocerte, por Huayna-curi, por Poaló, por Yatsil, por Cushca y huagra-huasi, con tus manadas de llamas y de alpacas buscando nuevos dioses para rellenar todas las huacas de tus laberintos.
Otras veces recuerdo haberte visto amontonando las mazorcas, cuando ya estaban azules del puro silencio de estar maduras.
Estabas haciendo montoncitos sobre la cordillera de los Llanganates para que pudieran seguir moliendo las almitas que se hicieron harina con el paso del tiempo.
Te veía repartiendo polvaredas de máchica para tanta descendencia que dejó doña Micaela Hati Sánchez Mollocana.
Ella siempre pensando en sus hijos mestizos, esos que fueron procreados a año seguido, en cada sementera, con ese entusiasmado genitador que vino de las Españas a casarse con su vientre.
Todos los días y todas las noches, don Miguel Gerónimo Suárez de Bolaños, un fecundador de todos los surcos que encontraba.
Tengo la idea fija de haberte observado atareada arreglando los altares para que los danzantes cuelguen sus penachos sobre los precipicios, por donde solo podía colgarse el alma enorme de Rumiñahui.
Agarrándose de los espejos, a seguir derrumbando con sus dientes las historias encerradas en sus tambores de guerras.
Por esos lados es que te recuerdo: Tenías la sonrisa del oro fresco en tus mejillas y unos aretes que subían despacito a tus oídos a contarte que el mundo está lleno de codicias.
¿No te dijeron eso mismo en Tiguahaló? No tengas miedo de preguntarle a don Pedro Gutiérrez Flores, el que tuvo la vara de Alguacil Mayor del asiento de Hambato, cuando recién llegó por Píllaro, con tus antecesores, a encontrarse de sopetón con todas tus abuelas que estaban bañándose en Quillán, limpiándose sus lunas desvestidas.
Después vino una ausencia rara. Nada supe de ti ni de tus últimas vicuñas degolladas.
Hubo una época de lluvia sin nubes, una época de relinchos de otros hacendados amigos de don Francisco Barragán de Córdoba que tuvo la felicidad de casarse con doña Feliciana de Aldaz, porque tenía 630 cabezas de ovejas de castilla que le dio su tío cura, el licenciado Matías de Aldaz, por ser mujer que le acompañaba en sus errancias.
Era una época de escombros que caían hasta de los quishugares como caen los cantos de los pájaros silbando sus agonías en los estertores alucinantes de las municiones.
Caían los nidos, podridos de soledades, todo caía desde el cielo como una música maldita cuando se queda sin sus dioses.
Los huacos de verdad se hicieron pájaros rebeldes y poetas, y se pusieron a esperar que pase el tiempo con la costumbre aprendida de saber las formas como pasa el río.
Los huacos decían que asimismo pasará el viento y las tormentas, como pasan las lunas; hasta que llegue el trueno con sus tambores trotando con urgencia desde adentro de la sangre donde están dormidas todas las palabras escondidas.
Y el tiempo pasó, hasta que me dijeron que te habían visto vestida de soldado, con unas diademas de balas, con unas blusas de pólvora.
Dicen que tenías fusiles en tus dientes y cañones irresistibles en tus ojos.
Cuentan que desenvainando las espadas, de pronto el cielo quedaba rasgado de un solo tajo y el enemigo de tu libertad temblaba escondido tras una página del tiempo.
Te cambiaste de nombres para lucir el collar de la estrategia: A veces eras Gertrudis, tal vez Inés, y hasta María, Rosa, Teresa o la que fuere, la que luchare por tu pueblo.
En cualquier parte, en cualquier atajo, en cualquier monte, en cualquier calle, en cualquier pueblo en donde salte al descuido un enemigo de negro perturbador de tus insomnios. Si no me equivoco, andas vestida de independencia.
Me dijeron que también guardas tus enigmas en esas totumas de plata que valían a 7 patacones, de ahí se sabe que saltaron las contradicciones y que aprendiste a dormir en cuja labrada, olvidando el tangán donde el sueño se vuelve más liviano en la caña ancestral del chaguarquero.
Te bendijeron tus dioses milenarios para que nunca tuvieras miedo de soñar con los diablos más libres de esta tierra.
Y de tanto llamarlos a tus fiestas, llegaron de verdad a tus querencias. Llegaron de pronto por manadas, por legiones, tuvieron hijos.
Se hicieron abuelos los más sabios y evidenciaron que el miedo se combate con el baile, que el diablo es más alegre con la gente, que el pecado es un disfraz que dura poco.
Cuando se desenmascara la injusticia, la corrupción; cuando se les quitan las máscaras a los chulqueros, enanos aprendices de banqueros que salen a esta tierra con sus ganas de vender hasta las propias pailas del infierno.
Te he visto bailando engalanada de fulgores profundos, riéndote del susto de los débiles, de los que les cojea la conciencia y que le tienen miedo a la justicia. Los diablos y los dioses ya no creen en los hombres, a los 2 les hemos fallado por tratar de igualarlos. Amar al sol es lo más práctico, sobre todo cuando el cielo está en silencio.
Y ahora te me asomas de nuevo. Me vienes con la sonrisa repleta de cosechas, te asomas con tus gritos balanceándose maduros en oleajes redondos de tus papa-lulun.
Y en las agujas secas de trigales extraños; me cantas unas canciones llenas de olores largos tocadas en esas arpas enormes revividas desde las esquinas de todos los tapiales.
Los violines punzantes que me llenan los labios de una chicha con ángeles dormidos hace siglos, los que me remueven unas costras desde el alma.
Reúnes tus campanarios en una sola mano y sacudes al viento los bronces de tus pueblos.
¿Eres la misma? ¡Cómo no vas a serlo! Te dejo, convencido, estas palabras frescas. (I)
Zona preñada de leyendas y con hermosos parajes
La laguna de Pisayambo emerge como gota de agua entre enormes verdores en las inmediaciones del Parque Nacional Llanganates. En uno de sus costados, como cicatriz punzante está la vía que conduce a la parroquia San José de Poaló, un acceso fácil que hace posible apreciar esta maravilla desde la carretera misma, a 45 km de Píllaro. En sus riberas todavía crece hacia el cielo la vegetación arbustiva y herbácea asociada al pajonal: romerillos, chuquiraguas, pulizas, pisags, mortiños, orejas de conejo, cacho de venados, amor sachas, gencianas, cashpachinas, achicorias amarillas, achupallas y demás arbustos que preñan de vida ese lugar. Una vegetación que esconde y quizá protege como frazada de madre celosa a animales curiosos y maravillosos que vuelan por los cielos o que dejan huellas que se vuelven eternas en los chaquiñanes: gralarias, mirlos, curiquingues, conejos, lobos de páramo y osos de anteojos.
Cuentan los cronistas que en la época de la conquista vivía un español de apellido Valverde, casado con la hija de un cacique, quien era el jefe máximo de esta zona. Este cacique le reveló al ibérico la trayectoria que siguió el general Rumiñahui llevando el tesoro de Quito que serviría para el rescate del inca quiteño, Atahualpa. Pero al ser ejecutado, Rumiñahui decidió esconder el fabuloso tesoro en lo que hoy es el Parque Nacional Llanganates. Valverde y su suegro viajaron por 5 días desde Píllaro hasta el sitio de los tesoros. Cuentan que Valverde sacó grandes cantidades en sacos repletos y regresó a España con una fortuna cuantiosa. Con el tiempo informó de la ruta al Rey español que ordenó la realización de expediciones que trazaron el mito que persiste hasta hoy. (I)