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La petrolera estadounidense Chevron (Texaco) demandó al Estado ecuatoriano porque su sistema judicial no funcionó en el momento adecuado, situación que, según la compañía, le ocasionó pérdidas económicas.
Este año, Carlos Mora, un joven que fue contagiado de VIH en una clínica guayaquileña murió sin ver tras las rejas a los autores, cómplices y encubridores de su tragedia.
Estos son, apenas, dos ejemplos de cómo una estructura en crisis que no funciona afecta por igual, no solo a grandes y poderosas corporaciones, sino también a los más indefensos y desposeídos ecuatorianos.
Es extraño cómo, durante años, nos hemos acostumbrado a ver el funcionamiento de los juzgados en pequeñas oficinas, con una secretaria que lucha contra las teclas oxidadas de una vieja máquina de escribir y arrincona en pilas interminables los procesos envueltos en carpetas amarillentas que poco a poco se van cubriendo de polvo. Ese karma que satura el espacio se manifiesta cuando un usuario solicita cualquier tipo de documentación y solo encuentra una respuesta grosera, o -en el peor de los casos- se ve forzado a recurrir a esa mágica frase del imaginario colectivo: “Ahí le doy para las colas”.
Pero como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista, el Presidente de la República ha declarado el estado de excepción para resolver este problema e impulsar los cambios urgentes, rápidos y profundos que necesita la Función Judicial.
Sin embargo, y a pesar de que las medidas correspondientes aún no se han aplicado, las voces discordantes de siempre están hablando de destituir al Primer Mandatario por arrogación de funciones. Solamente la evaluación de los resultados permitirá a la ciudadanía opinar sobre el tema; hacerlo antes sería prematuro e irresponsable. La justicia ecuatoriana está en crisis y ha tocado fondo.
Si queremos un mejor y más equitativo país, los cambios son impostergables.