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Ecuador, 26 de Febrero de 2025
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El Telégrafo

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El público, la deuda latente del cine nacional

El 7 de agosto de 1924 se estrenó en el teatro Edén, de Guayaquil, El tesoro de Atahualpa, de Augusto San Miguel, la primera película ecuatoriana. Noventa años después y gracias a la aprobación de la Ley de Cine y a la creación de una institución estatal dedicada a su fomento (Consejo Nacional de Cinematografía del Ecuador), el séptimo arte vive una especie de eclosión en Ecuador. En 2013, se estrenó una docena de películas nacionales, una realidad impensable hace 10 años. Los fondos de fomento del CNCine tienen mucho que ver. Entre 2007 y 2013, se repartieron alrededor de $ 700 mil anuales y para 2014 esa cifra se triplicó: se entregarán $ 2 millones a unos 60 proyectos. Desde 2007, año en que se creó el CNCine, casi todas las cintas nacionales que llegan a la pantalla grande han recibido su apoyo en alguna de las fases de producción. Cuando los proyectos no logran acceder a ese incentivo, se paralizan. Así, el apoyo estatal aparece como la  vía más efectiva para la realización cinematográfica, ya que la inversión privada (más allá de la que sale de los bolsillos de los mismos directores, guionistas y productores) es prácticamente nula.


El incentivo estatal presupone poco riesgo: los realizadores no dependen de la taquilla para financiar sus películas, por lo tanto, carecen de la motivación necesaria para seducir al público y llenar las salas. En ese sentido, el documental ecuatoriano es el que más repercusiones genera, dentro y fuera del mundo del cine, pero la ficción no ha recorrido el mismo camino. La Tigra, dirigida por Camilo Luzuriaga y estrenada hace 24 años, sigue ocupando el número uno en el ranking de películas nacionales más taquilleras: unos 250 mil espectadores la vieron en el cine. Una cifra muy superior a los 53 mil boletos que vendió Mejor no hablar (de ciertas cosas), la más exitosa de 2013. En los noventa y los primeros años de la década de 2000, cuando se estrenaba, en promedio, una película nacional cada 3 años, los ecuatorianos estaban ávidos por verse retratados en los guiones, las historias, los personajes. La identificación que se suscitaba en la pantalla era el principal motor para enganchar al espectador. La realidad de hoy es distinta. Críticos y público exigen guiones más sólidos, actores mejor preparados e historias universales que superen el costumbrismo habitual. Exigen historias que sorprendan más allá de nuestro territorio.

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