En 1942, un muchacho se dedicó a explorar la Biblioteca Municipal de Cuenca, sin ninguna búsqueda específica más que su deseo de encontrar algún nombre, algún título, algún rastro capaz de alimentar —aun más— su enorme apetito lector.
Tenía 17 años, había terminado hace poco el colegio y se había aventurado a escribir un par de cuentos que no tardaron en publicarse. Sus frecuentes visitas a la biblioteca solían arrojar innumerables lecturas, pero fue una tarde de verano cuando encontró —en ese mismo lugar— el sentido real de su vida: escribir poesía.