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El Telégrafo

Hoy: 3 años, 1.095 días de impunidad

30 de septiembre de 2013

El 30-S, día complejo y de interpretación ambivalente, porque unos hemos de conmemorar, otros han de festejar el triunfo de la democracia y otros (los menos) han de llorar su frustración.

Día en que los conspiradores fraguan con oportunismo para estar listos ante la presencia de cualquier circunstancia que permita ensayar el golpe, ¿cuál golpe? ¡Cualquiera, el que se presente!

Día en el que “por coincidencia” se cometieron una infinidad de graves delitos: desde el asesinato inmotivado, el secuestro, los saqueos, la toma de gobernaciones, hasta el intento divulgado públicamente de cometer magnicidio, pasando por la toma militar del aeropuerto de Quito, la inmovilización de la Asamblea Nacional, el asalto al hospital policial, etc. etc.  

Día en el que los enemigos  de la Patria, del sistema democrático, de la voluntad soberana del pueblo, de la ética, se quitaron las caretas y se mostraron como lo que son: periodistas asalariados, politólogos envenenados, tira-piedras empedernidos, que continúan tratando de negar las evidencias que están registradas por mecanismos de comunicación nacionales e internacionales.

Día en el que el pueblo afín al proceso revolucionario aprendió la importancia que tiene la organización y también el poder de la voluntad espontánea de lucha, aun poniendo en riesgo la propia vida.

Día en el que el pueblo entero, amigos y enemigos, partidarios, desertores y opositores, de toda edad, género y condición social, constataron que estábamos frente a un líder verdadero, dispuesto a entregar la vida por la convicción de la causa revolucionaria.

Día del que los manipuladores mediáticos han pretendido tergiversar todo, aconchabados con los actores que circulaban por las áreas en conflicto y argumentar que visitaban a la mamacita; o que se reunían en un hotel y luego salían a pedir amnistía para los autores y cómplices de los delitos.

Día que no se debe olvidar, por las enseñanzas buenas que se sembraron en la historia, cuando renació la Patria. Salieron a relucir conceptos revolucionarios como el valor, la valentía y la disciplina, como lo asumió el grupo policial  que rescató a Correa sin hacer un solo disparo. O el uso del término “compañero”, usado por el pueblo desarmado marchando juntos en las calles para rescatar a su Presidente. O el patriotismo de las Fuerzas Armadas.

Día y hechos que la justicia y la vindicta pública no pueden dejar pasar sin castigo y en la impunidad de autores, cómplices, encubridores y presuntos beneficiarios de lo que hubiera acontecido, de no ser por el pueblo libérrimo que rescató la democracia y más tarde apabulló en las urnas a los grupúsculos de la amargura.

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